25 jun 2011

La Amistad

Fuente: Catholic.net

La amistad es la virtud que “llega a tener con algunas personas, que ya conoce previamente por intereses comunes de tipo profesional o de tiempo libre, diversos contactos periódicos personales a causa de una simpatía mutua, interesándose, ambos, por la persona del otro y por su mejora”. (1)
Dicho en otras palabras, la amistad es la virtud que nos lleva a tener una relación de afecto sólida, profunda, desinteresada y recíproca con otra persona. Somos seres incompletos y necesitados de afecto. Necesitamos recibir y dar afecto a nuestros semejantes para realizarnos como personas. Vivir una buena amistad implica, además, el desarrollo de varias virtudes: la generosidad, la disponibilidad, el desinterés, la prudencia, la discreción, la lealtad.

La amistad es una relación basada en intereses y metas comunes y no termina con el tiempo ni con la distancia. Lleva a ambas partes a enriquecerse mutuamente, a ayudarse y a crecer como personas desarrollando todas las potencialidades. La persona humana es el único ser creado que puede dar todo de sí sin perder nada sino al revés, enriqueciéndose a su vez. La amistad va más allá de compartir juegos y gustos, de divertirse o de pasar buenos momentos que, si bien no está mal, es insuficiente y más superficial. Tampoco se basa en la utilidad o servicio que nos presta una determinada persona, sino en la búsqueda del bien mutuo a través del tiempo y la distancia. La amistad es una relación noble y virtuosa con el prójimo, y el hombre será más feliz en su vida con amigos que sin ellos. Aristóteles ya definía a la amistad diciendo. “¿Qué es un amigo? Son dos cuerpos con una sola alma”. Siglos después, en el siglo IV diría San Agustín: “Bien dijo alguno cuando llamó a su amigo “la mitad de mi alma”.

Si bien la tendencia del hombre a la sociabilidad es natural, la amistad no es algo innato y no se logra sin esfuerzos. Hay que invertir mucho en ella. Hay que trabajarla, conquistarla para alcanzarla y mantenerla. Hay que hacer además esfuerzos para mantenerla a través de los años, para continuar el contacto ya iniciado con visitas, llamadas telefónicas, cartas o mails, demostrando interés en saber cómo va la vida de nuestro amigo, compartir y mostrarnos interesados por lo suyo, para alegrarnos si le va bien y apuntalarlo si nos necesita.
La amistad necesita su desarrollo y crecimiento, esfuerzo, dedicación, de ganarse la confianza del amigo, y de hacernos dignos de él. Todo esto requiere tiempo, trato e intimidad. La amistad no empezará a crecer y consolidarse hasta que no abramos nuestro corazón y nuestro mundo interior. Si no lo hacemos nuestra amistad será siempre superficial, porque la naturaleza humana necesita compartir sus angustias, sus inquietudes, sus anhelos, sus sueños y sus alegrías con “otro corazón”, con otra persona. Hay que darse a conocer para que el otro me conozca.

No forma parte del ideal de la amistad el estar de acuerdo en todo. Podemos disentir con respeto, tolerancia y flexibilidad, siempre y cuando haya supuestos básicos que nos unen. De ahí el papel preponderante que juega el diálogo franco y sincero en la construcción de lazos afectivos. La amistad necesita comunicación, compartir ideas, sentimientos, angustias, tristezas y alegrías. Necesita expresarse y saber escuchar, pero para esto hay que tener no sólo el alma en paz y sosegada sino interesarse por el prójimo a quien hemos seleccionado y elegido como amigo.

De la franqueza y de la lealtad se desprenderá la corrección fraterna mandada en el Evangelio: “Si tu hermano peca ve y corrígelo a solas. Si te escucha habrás ganado a tu hermano”. Lo mismo aconseja Monseñor Escrivá de Balaguer: “Cuando veáis una desviación en un hermano nuestro, un error que pueda significar un peligro para su alma o una rémora para su eficacia, habladle con claridad y os lo agradecerá”. (2)

La corrección fraterna obliga a todos, pero a mi amigo se lo debo aún a riesgo de perderlo. La lealtad me condiciona de una manera especial. Espiritualmente siempre será así, aunque a veces la relación entre las personas genera choques y divisiones y haya que hacerse amiga del tiempo y saber esperar, porque nuestras palabras muchas veces implicarán alejamientos durante años de personas que queremos mucho, pero el que corrige siempre lo hará pensando en la responsabilidad que tendrá ante Dios si no lo hace. Primero lógicamente debemos analizar la situación que tenemos enfrente. Saber si corregimos para el bien de la persona, (que es la caridad), y hacerlo con prudencia y discreción. No en público y cuando el otro está enojado.

Los amigos son determinantes en la vida de una persona y esto vale tanto para el bien como para el mal. Serán las personas a quienes tendremos al lado en lo cotidiano y en los momentos cruciales. De quienes escucharemos los buenos consejos, (como continuar con un buen trabajo aunque tengamos tentaciones de dejarlo y cambiarlo, de cortar con una relación inadecuada, tener la fortaleza de romper un noviazgo que sabemos equivocado, de terminar nuestros estudios aunque nos implique trabajar de noche, de esforzarnos en ahorrar para comprarnos la casa o hacer un viaje que ampliará nuestra cultura) o los malos (tomar de más y emborracharnos, jugar por plata, probar la droga o empezar una infidelidad para sentir “la adrenalina de lo prohibido” aunque con eso pongamos en juego todo nuestro hogar).

Los amigos que habremos ido seleccionando a través de la vida serán quienes nos edificarán con su conducta o nos arrastrarán por la mala senda, de ahí que el sabio refrán: “Dime con quién andas y te diré quién eres” tiene mucho de verdad, porque la selección de los amigos que iremos haciendo a través de nuestras vidas hablará mucho de nuestras prioridades. Así como las buenas amistades favorecen el desarrollo de las virtudes y aún las conversaciones cotidianas nos edificarán, las malas amistades nos influencian enormemente hacia los vicios.

Aristóteles definía a su vez tres clases de amistad:

La amistad de utilidad: La que se basa en nuestra propia utilidad, nuestro provecho o interés. Es lícito, aceptable y comprensible que un gerente de un banco o un comerciante se acercarán a nosotros amistosamente tratando de ganar nuestra simpatía para hacernos clientes del Banco o para vendernos su producto ya que viven de eso.

La amistad de placer: Es la amistad que se basa en el placer que obtenemos disfrutando con nuestros amigos las cosas que tenemos en común como el deporte, los lugares de veraneo, los hobbies, la guitarra o la pasión por los caballos. Esta clase de amistad no es mala, pero es incompleta, y es propia de la infancia y de la adolescencia, donde los amigos se juntan más para compartir gustos y afinidades naturales que para ayudarse corregirse y ser mejores personas.

La amistad de virtud: que es la más perfecta. Es la que está basada en el aprecio y el afecto de dos personas que se ayudan, se aconsejan, se escuchan se apuntala y se desean el bien mutuo. Este tipo de amistad es la que San Agustín definió como “esa amistad verdadera con la que tu aglutinas las almas que viven unidas a ti” y siglos más tarde Santa Teresa definía tener con Dios cuando decía “estarse bien con su amigo en su compañía”. Suele y puede darse entre padres e hijos, entre hermanos y familiares y entre amigos que hemos ido haciendo y seleccionando a través de nuestras vidas. Desearse el bien mutuo y quererse bien no es perder la propia identidad sino, desde la propia, enriquecerse con la ajena. Como define San Agustín su amistad con Alipio: “esa amistad era dulcísima, inspirada como estaba por el fervor de idénticos ideales”.

Vivir una buena amistad es ser feliz en compañía de un amigo, ayudarse espiritualmente, afectivamente o materialmente cuando lo necesitemos. Darle lo mejor de nosotros mismos, comprenderle y ser misericordioso con él, aceptarse el uno y el otro con nuestras virtudes y defectos. Para tener buenos amigos primero hay que ser uno mismo un buen amigo, y significa llevar a la otra persona a crecer mutuamente en la virtud. En épocas mas cristianas, las familias y las amistades familiares eran un bastión en donde los jóvenes no solo podían refugiarse sino tomar como punto de referencia y nutrirse de los valores a seguir. Hoy ello se torna muy difícil, porque la demolición es tanto de dentro como de fuera. En las relaciones que requieren un orden jerárquico, (como padres e hijos, jefes y subalternos, patrones y empleados), puede llegar a darse luego de años esta maravillosa relación de amistad consolidada. El desorden aparece cuando esta amistad se quiere comenzar desde el principio de la relación, sin hacer la necesaria inversión de autoridad, jerarquía y soledad (que implica tener una cuota de poder sobre los otros para enseñar y mandar). Padre e hijo, alumno y profesor, jefe y soldado, patrón y empleado no son palabras sinónimas. Hay una jerarquía que las ordena y debe respetarse. Una cosa es estar además ligado por profundos afectos, (lo cual es lícito y muy bueno), y otra es no respetar las jerarquías porque no soportamos la soledad de las distancias. No se comienza a formar a un hijo, a un alumno, a un empleado a un soldado o a un religioso siendo su amigo. Se comienza siendo y actuando como padre, como profesor, como patrón responsable, como jefe y como superior de la comunidad religiosa con las virtudes que ello implica y que educan. A través de los años, y si nos hemos ganado el debido respeto, la madurez de nuestros hijos, alumnos, empleados, subalternos y religiosos se transformarán en afecto y amistad, pero siguiendo este orden y no subvirtiéndolo. Hay que saber pagar el precio de la soledad y la distancia durante el “mientras tanto”.

Lo contrario y la antítesis de la amistad son las malas compañías tan dañinas en la vida de las personas, pero mucho más en la juventud y adolescencia, cuando los jóvenes ya tienen cierta independencia de los padres y comienzan a llevar su propia vida. Los padres no tienen el derecho de entrar en la vida íntima de sus hijos, pero sí el deber moral de tratar de ayudarlos, (debido a que lo exige la prudencia), a seleccionar buenos amigos y a mantenerlos a través de la vida por la buena influencia que ellos ejercerán sobre sus hijos. Tampoco deben tratar de sustituir a los amigos, los padres deben ser ante todo padres, esto es educadores del camino. Pero es gran responsabilidad de los padres el vigilar las amistades de sus hijos desde la más tierna infancia, ya que los amigos en general pueden influenciar mucho en hacernos hacer lo que no queremos hacer. Pero si además son malas compañías, es mucho más peligroso. Recordemos que la amistad verdadera siempre es en el bien y en la verdad y busca el bien y la mejora de la persona. No se da cuando las compañías son malas y están cargadas de complicidad, mentiras y apañamientos.

Los jóvenes pueden inclinarse hacia malas compañías por varios motivos: por atraer la atención de los padres, por la emoción que causa introducirse en un ambiente ajeno al propio y peligroso. Por rebeldía en contra de sus padres y de su estructura familiar. Por una lealtad mal entendida o por tener baja autoestima. Es importante ayudar a los hijos a comprender la influencia que tienen las malas compañías y las consecuencias que ello conlleva. Mucho más en los tiempos actuales en los que, al estar las familias pulverizadas, los jóvenes están más expuestos a los peligros exteriores como la droga. A veces es contraproducente criticarles a los amigos porque nuevamente, por una lealtad mal entendida, los defenderán y se atrincherarán con ellos. Es preferible entonces hacerles comentarios como:"Cuando Julia viene a estudiar no estudian nada” o “Cuando Tomás te llama siempre llegas tardísimo y no dicen a donde van”.

La Sagrada Escritura nos advierte en varias ocasiones sobre la importancia de las malas compañías por boca del profeta Jeremías: “Mejor solo que mal acompañado” (Jer. 15:17). “Las malas amistades traen ruinas” (Prov.1:14,13:20,22:24) y es más dura aún cuando dice: “Aún entre los hermanos se debe escoger” (Cor. I, 5:11).

Notas:
(1) “La educación de las virtudes humanas”. David Isaacs. Editorial Eunsa. Pág 409.
(2) “Ascética meditada” Salvador Canals. Editorial Rialp. Monseñor Escribá de Balaguer 29/
IX/57

1 comentario:

Anónimo dijo...

Yo soy de los que piensan que los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano.
La mayoría de los "amigos" son del segundo tipo.